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UN DIA CON LIZZET

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dulces.placeres Relato enviado por : dulces.placeres el 21/11/2017. Lecturas: 854

etiquetas relato UN DIA CON LIZZET putas .
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Resumen
Por cierto… no se tu nombre…
Lizzet, me llamo Lizzet…
Ok, Lizzet, quería aclararte que lo último que hiciste corre por tu cuenta, si vos sos puta es problema tuyo…



Relato
UN DIA CON LIZZET


Siete de la mañana, suena el despertador, a levantarse rápido, no hay tiempo que perder, Emma se despega como un resorte de la cama y como toda mujer hace todo a la vez, mientras se higieniza prepara el desayuno y acomoda los revoltijos que quedaron en el humilde departamento de la noche anterior.

A media mañana despierta a su pequeño hijo, no tiene mucho tiempo para verlo crecer, ni muchas horas para compartir, y eso es algo que no desea dejar pasar por alto, él es su vida.
Le prepara una rica chocolatada y le calienta unos bizcochos que sobraron del día anterior.
Mientras conversan sonríe con las ocurrencias inocentes de su niño, es pequeño para entender sobre la vida de adultos, y sobre el trabajo de su madre, ella sabe que algún día deberán sentarse a conversar, pero eso será más adelante, no todavía.

Lo ayuda con las tareas del colegio, su pequeño tiene problemas con las divisiones, le acaricia los cabellos ensortijados y solo lo ve con ojos de madre.
El reloj no se detiene, es hora de preparar el almuerzo, improvisa un revuelto con arvejas, huevos y unos trozos de carne, se ofusca con el pequeño, ya le dijo tres veces que dejara de jugar con el celular y se acomodara sus cosas, ella no puede con todo.

Almuerzan, con un oído escucha a su hijo, con el otro las noticias de la tv, con toda la atención puesta en el reloj de pared, le alcanza de postre un chocolate que la había comprado el día anterior, sorpresa! Era conformarse con la humildad y sencillez de pequeñas cosas…
Los platos quedarán para lavar en otro momento, se acumulan en el fregadero, se cambia de ropas, y también a su pequeño, le pone el guardapolvo blanco impecable, acomoda sus rulos y salen camino al colegio.
Lo acompaña hasta la puerta, se siente diferente, la tratan diferente, por más que disimulen ella lo sabe, son demasiados prejuicios, su piel negra, extranjera, su profesión…
Siente en carne propia la hipocresía de la humanidad, mira a algunos papas, ellos la conocen demasiado bien, abrazan a sus esposas en un universo feliz, ella podría hablar, pero le conviene tragar sus palabras.

Camina seis cuadras hasta la casa de su madre, como cada día se asegura que al atardecer recogerá a su nieto del colegio, discuten por nada, siempre discuten, no se llevan bien, pero su madre es el único apoyo que tiene.
Se despide como sacándosela de encima, su siguiente destino es el gimnasio.
Al igual que en el colegio, se siente como sapo de otro pozo, pero no le importa, ella está segura de sí misma.
Se coloca los auriculares para escuchar música y aislarse del mundo, empieza su rutina de ejercicios, invariablemente los acordes calientes de centro américa la llevan a su Panamá natal, tierra que desea volver a pisar, pero ahora no es posible, ahora solo puede soñar.

Recuerda su niñez, cuando con nada era feliz, cuando ser pobre no era un pecado, cuando tener piel morena era normal, recuerda cuando con diez años el destino cruzó a su mamá con Gervasio, una argentino de avanzada edad que podría haber sido su abuelo, recuerda cuan felices fueron los tres y como había sentido en ese hombre al amor de padre que nunca había tenido.
Emma se emociona, su mente viaja nuevamente, revive el viaje en avión hasta Argentina, cuanto miedo tenía!
Sus primeros tiempos en tierra extraña, buscando un futuro mejor, sin duda sus días junto a su madre y a su padrastro había sido lo mejor de su miserable vida.
Recuerda cuando tenía trece, el momento en que Gervasio falleció, un ataque al corazón, cuantas lágrimas derramadas, como la que ahora siente correr por su mejilla y ahí empezaría otra historia, una madre y su pequeña hija, solas en un lugar extraño…

Emma mira el reloj, es hora de ir un rato a correr a la cinta, trata de concentrarse en lo que hace y en la música, basta de recuerdos, positiva, mente positiva.
Se siente transpirada y un tanto molesta, sus grandes pechos saltan de un lado a otro y le cuesta mantenerlos en el sostén, ahora recuerda a su madre, es inevitable, discutieron mucho cuando se sometió al implante de pechos, para su madre era un gasto, pero Emma lo veía como una inversión, como explicarle a esa terca mujer que sus nuevas tetas le habían valido varios clientes y que ya el costo había sido amortizado con creces?

Suficiente, hora de trabajar, no está de ánimos, se acerca su período, se siente hinchada en su bajo vientre y con los dolores típicos, desde que se levantó una jaqueca persistente la tiene fuera de eje, pero ella solo no puede enfermarse, ella debe hacer lo que sabe hacer.
Sabe que está en su esplendor, sabe que todas las flores se marchitan y que por más gimnasio y por más prótesis, cuando llegue ese momento todo será más difícil, ya no habrá tantos clientes, ya no podrá poner precios a sus servicios.

Llaga a casa, ve la esfera amarilla del sol que penetra por la ventana, no falta mucho para recibir a las estrellas, se ducha, rápido, rasura sus axilas y emprolija su sexo, luego se acomoda su larga y enrulada cabellera, se perfuma, le gusta oler bien.
Se pone una colaless diminuta, demasiado pequeña, mira su imponente culo ante el espejo, luego unas calzas elastizadas que transparentan su prenda íntima, se monta sobre sus veinte centímetros de tacones, arriba apenas un top para cubrir sus enormes pechos, sus pezones se marcan, vuelve a mirarse al espejo, las piedritas brillantes del piercing que adornan su ombligo captan su atención, luego se ve de espaldas y vuelva a acomodar su cabellera, está toda vestida en color blanco, su color favorito, su piel negra resalta haciendo contraste, y ella sabe que ahora corre con ventaja, todo blanco fantasea alguna vez con cogerse una negra, Lizzet ha nacido, como en cada atardecer.
Toma su pequeña cartera de mano, revisa que no falte nada, su celular, la navaja, varios preservativos, lubricante, pañuelo, algunas pinturas y unas toallitas íntimas.

Empieza a caminar por la calle, como de costumbre, mueve sus caderas, es la carnada, pronto caerán los peces, varios pasan, varios miran, algunos se detienen, algunos preguntan, nada todavía.
El sol ya se ha escondido en el horizonte, aun una tenue luz del día que muere se observa en el poniente.

Se acerca un coche destartalado, bastante viejo, regulando su velocidad, se detiene a su lado, un tipo cincuentón, desalineado, con un prominente abdomen le pregunta por sus servicios y tarifas, sabe que no podrá sacarle mucho, apenas junta los billetes para que le de sexo oral, se sube al coche y emprenden la marcha.
El tipo maneja observándola de reojo, ella solo piensa en los billetes que ahora tiene en su cartera, el coche está destruido y hace ruidos por todos lados, sabe que no habrá un hotel alojamiento, ese coche será ‘el nido de amor’, solo es cuestión de encontrar un lugar apartado.
Lizzet hace de tripas corazón, el cliente le da asco, con sus cabellos largos y desprolijos, con una sonrisa lasciva, y una vieja camisa a cuadros, transpirada y falta de botones.

Llega el momento, se estacionan aun costado, el tipo tira hacia atrás el asiento y se acomoda aflojando su pantalón, Lizzet se acerca y le regala una falsa sonrisa mirándolo a los ojos, no habrá besos, saca un preservativo mientras acaricia su enorme y grasosa barriga, luego llega a su verga, en ese momento para ella ese tipo es Dios, y el así debe creerlo, pero es tan difícil…
Le dice cuan hermosa, gruesa y larga es la pija que tiene, a ella no le importa una mierda, pero sabe que es lo que él quiere escuchar.
La toma de la nuca y la lleva hacia abajo, el solo quiere acción, basta de palabras.
Ella le coloca el preservativo, cierra los ojos, contiene la respiración y la mete en su boca, en ese momento pone su mente en blanco, solo quiere que pase, rápido, cuanto antes, se ayuda con su mano, quiere que todo termine, el tipo la detiene, quiere prolongar su tiempo.

Entonces piensa en su hijo, su pequeño, seguro ya estará jugando en casa de la abuela, mantiene el ritmo, tiene nauseas, no sabe si es la jaqueca, su período, el tipo que le tocó en suerte, o una combinación de todo, le viene una arcada y se incorpora, el cliente se ríe y le dice

Negra puta… es muy grande? no seas viciosa… no es necesario que la comas toda…

Ella le regala una sonrisa, ni siquiera imagina… vuelve a su trabajo decidida a terminar, lo más rápido que puede, lo siente venir, el preservativo se llena de repente con ese líquido blancuzco, el gordo gime, game over.

Lizzet mira disimuladamente la hora, está en tiempo, el tipo se muestra satisfecho, saca el envoltorio de su pene, lo anuda y lo tira con desprecio por la ventana del coche.
Tiempo después deja a Lizzet en el mismo sitio donde la había recogido, ella se siente mal, vomita tras un árbol, maldice.
Se dirige a una estación de servicios que suele frecuentar, raramente nota que en ese sitio nadie la juzga, siempre han visto a Lizzet, la puta, pasa al baño y pide una botellita de agua mineral, necesita sacarse ese recuerdo de su boca, mira el entorno, un tipo entrado en años la observa con atención, ella ya lo vio, le sonríe y el hombre levanta una de sus manos y la llama con un gesto, se acerca a la mesa moviendo las caderas de lado a lado, sabe cómo hacerlo, el tipo es mayor, de cabellos canos peinados hacia atrás, con una calvicie tipo monje, usa barba, también blanca, cara chupada y ojos de mirada profunda, no puede evitar recordar a su padrastro, Gervasio, tiene muchas similitudes, la enternece.
La invita a sentarse y le compra un refresco, Lizett siente llenar sus fosas nasales con una dulce fragancia, conversan, arreglan a futuro, Antonio, según dice llamarse viste bien, paga los tragos, salen y el la conduce a un bonito auto.

Todo parece perfecto, siente una simpatía especial por ese hombre que la duplica en edad, él ya le adelantó la paga, Lizzet comprueba que hay más de lo pactado.
Entran al primer hotel alojamiento que encuentran y van directo al grano, Antonio toma una de esas pastillas mágicas, no tiene inconvenientes hacerlo frente a sus ojos, y esta vez, solo esta vez Lizett decide ser mujer y disfrutar el encuentro, algo que no se daba muy seguido, ella decide que no cogerá con su cabeza, lo hará con su corazón.
Aprovechan cada minuto y ella le hace el amor, no sabe el motivo, pero la atrapa ese hombre, aunque solo fuera por un tiempo, le da sexo oral, lo besa, siente el miembro rígido de Antonio penetrar una y otra vez su sexo húmedo, se siente tan rico! no entiende cómo puede perderse tanto en el juego, llegan orgasmos, gime, sufre de placer, esta vez no necesita fingir, no necesita endulzar los oídos del caballero de turno, esta vez goza por ella misma…
Cuando Antonio termina, solo se queda lamiéndole los pezones como si fuera un bebe.

Lizzet entonces siente deseos, al fin de cuentas ella es mujer, por qué no darse la oportunidad de disfrutar como desea disfrutar?
El tipo se le hizo atractivo, y ella ya cumplió por el servicio, sin embargo mira la verga, aún está dura, ella lo mira entonces a él, sonríe y le dice que le hará un regalo, va entre sus piernas, retira el preservativo lleno de semen, y lo deja a un costado, observa, mira a los ojos a ese hombre, busca darle un buen plano para que pueda apreciar su trabajo.
Lleva su mano derecha a la base de esa verga, asegurándose de correr bien abajo el prepucio, dejando ese rosado glande indefenso, apoya la palma en los testículos, los siente suaves, se acomoda, sabe que será un viaje de largo alcance y que deberá armarse de paciencia, pero siente deseos de hacerlo de esa manera, apoya entonces su mano izquierda sobre el vientre velludo del tipo, cerca de su ombligo.

Abre la boca, sabe que será su única arma para luchar, lo engulle, empuja, abajo, más abajo, hasta comerlo casi por completo, hasta casi tocar con los labios los dedos de su mano, hasta sentirlo llegar en la suavidad de su garganta, tan profundo como pueda.
Empieza a moverse con esa verga que colma por completo su boca y más allá también, le encanta, y percibe en el rostro del hombre que está haciendo bien su trabajo, solo juega, le gusta jugar, sabe que debe mantener el ritmo, lento pero constante para lograr la suficiente excitación en esa hermosa verga, sus manos permanecen inmóviles, ellas no participan en el juego.
La constante penetración tan profunda le impide tragar, no importa, es sexi, su saliva escapa a mares entre sus labios, rueda como olas camino abajo, pronto la cadera de lado derecho de su acompañante queda inundada y la saliva sigue su camino hasta el colchón.

El suertudo de turno se retuerce en placer, ve llegar el momento, le ruega que no pare, Lizzet lo disfruta, es su premio, lo va a conseguir, su garganta se llena en un golpe de un líquido meloso, espeso, riquísimo, está a punto de ahogarse con esa verga tan profunda y los chorros que saltan sin cesar, pero ella es una profesional y solo mantiene su ritmo llenándose los oídos con los gemidos de placer del tipo, apretándole con su mano izquierda el vientre para tratar de controlar sus espasmos.
El trabajo está terminado, al fin ha bebido de su fuente de placer, casi no pudo saborearlo, solo sabe que fue demasiado y se sintió orgullosa y excitada por la tarea cumplida.

Empezaron a cambiarse, ella estaba feliz, Antonio la había tratado bien, le pregunta

Por cierto… no se tu nombre…
Lizzet, me llamo Lizzet…
Ok, Lizzet, quería aclararte que lo último que hiciste corre por tu cuenta, si vos sos puta es problema tuyo…

Lizzet se ríe, una risa de sarcasmo, es que hiciera lo que hiciera los hombres siempre verían en ella eso… solo una puta, jamás verían una mujer…
Antonio la acerca hasta su lugar de costumbre, la despide y pronto es un nuevo recuerdo…
Es tarde, ya tiene su recaudación diaria, la luna está enorme sobre un cielo impecable, hace calor, comienza a caminar, la casa de mamá es su siguiente destino.
Pasa un coche y le toca bocina, ya está acostumbrada, la historia se repite.
Otro coche se aproxima y aminora la marcha, ella no se detiene, el tipo entonces lleva su paso, empieza a hablarle, pero ya no quiere trabajar, ya es suficiente.

El tipo insiste, es directo, le dice que tiene un culo hermoso y que solo quiere pagarle para hacerle el culo, solo eso, no quiere otra cosa.
Ella se deja tentar, evalúa pros y contras, recuerda ese muñeco carísimo que le pide su pequeño y que ella jamás podrá comprarle, es mucho dinero, demasiado aunque sea solo por hacerle el culo, se juega la carta, le pone el precio, el tipo accede sin más, es un día de suerte…
Otra vez la misma historia de cada día, subir a un coche de un desconocido para ir al primer hotelucho de paso.
El cliente parece extrovertido, no es de su agrado, presentimiento, experiencia, aprieta su cartera con fuerza, está nerviosa.
Llegan al cuarto, directo al grano, se desnudan y Lizett maldice su suerte, el tipo tiene una verga enorme, diablos! y justo por el culo… piensa en desistir, pero ya tiene el dinero y ya están en la habitación, ya es tarde, odia las pijas grandes, solo le traen dolor, y este muchacho no parece ser muy contemplativo.
Se acomoda en cuatro patas, resignada, ella misma se mete los dedos buscando relajarse, se lubrica mientras él se coloca el preservativo, solo debe pasar el momento, solo el momento, solo el momento…

Pero el animal la tiene en verdad gruesa, ya debiera estar acostumbrada a esto, pero en honestamente le hace doler, como fingir placer cuando en verdad hay dolor?
La da una nalgada y otra más fuerte, le dice puta, no le gusta, no en esta forma… la sujeta a la fuerza, protesta, en que lío se ha metido…
La verga enorme la penetra, siente como si un burro lo hiciera, grita de dolor, y su cliente parece disfrutar en la forma en que le rompe el culo, no sabe si disfruta porque imagina que sus gemidos son de placer, o tal vez realmente disfrute con su dolor, cierra y aprieta los ojos, maldice al bastardo, al fin llega…

Se separan, fue una experiencia dolorosamente traumante, siente su esfínter invadido por dolor, ni siquiera quiere tocarse, guarda la tanga en la cartera, ni imaginar que ese hilo dental acaricié su anillo marrón…
El tipo le dice que se siente en la cama, quiere hablar, pero ella ya no quiere saber nada, hizo su trabajo.
Discuten, el exige por su tiempo, dice que pagó por él y merece ser escuchado, Lizzet le contesta que pagó por romperle el culo, y bien que se lo había roto, su trabajo estaba terminado.
La discusión levanta temperatura, gritan, escándalo, el cliente levanta su mano para abofetearla, ella se inclina y la palma de la mano de lleno cerca de su ojo derecho, Lizzet termina desparramada en el piso, no puede perder tiempo, se abalanza temblorosa sobre la cartera, saca su navaja y lo amenaza, se queda expectante.

El joven calcula sus posibilidades, le avisa que no le tiene miedo, pero mejor marcharse, no desea provocar un escándalo.

Es realmente tarde, demasiado, ahora si Lizzet camina rumbo a la casa de su madre, su pequeño hijo debe estar dormido, está sola, no hay mucha gente en la calle, ve a la distancia las luces azules que la ponen en alerta, se acerca un patrullero, se apura a perderse en la oscuridad, no quiere problemas con la policía, cruzarse con ellos es sinónimo de quedar detenida y sin un centavo en su cartera, y tal vez tener que complacer gratis a algún uniformado.
Su madre la recibe, no tiene buena cara, la mira despreciándola de arriba abajo, no puede aceptar que su hija sea una puta, nueva discusión, le pregunta que le pasó en el ojo, tiene su rostro hinchado, su madre llora, comprende que ella solo espera a que un día no vuelva, a que un día la maten…

Su pequeño duerme sobre un gran sillón, va a su encuentro dejando de lado los reproches de su madre, lo levanta entre sus brazos, entre sueños, semi-consiente el chiquillo le dice
Hola mamá Emma!
Hola mi amor!

Se emociona, ella aun es Lizzet, pero para el siempre será Emma.
Despide a su madre, aun siente sus cuestionamientos, no quiere discutir, la jaqueca no ha cedido.
Camina paso a paso con el niño en brazos, diablos, como pesa! qué rápido crece!

En la oscuridad de la noche se siente demasiado sola en esas cuadras, las estrellas la miran en silencio, la luna ilumina su camino y unos grillos de medianoche llenan sus oídos con una serenata improvisada.
No puede más, los tacos altos parecen clavarse como agujas en sus adoloridos talones, como puede, haciendo equilibrio, se los quita, acomoda a su pequeño que por cierto ya parece quebrar su frágil columna, recoge los zapatos, acomoda la cartera y hace un último esfuerzo para llegar descalza a su casa.

Es demasiado tarde, ni quiere ver el reloj, solo acomoda a su más preciado tesoro en su pequeña camita, va al baño a llenar su tina con agua tibia, es todo lo que necesita, va a la heladera, la abre, la cierra, es solo un reflejo, jamás prueba bocado, todo le produce náuseas, solo toma una bolsa con hielo para su maltratado ojo, pasa por su dormitorio, a buscar ropa interior cómoda, se ve de casualidad al espejo, Lizzet se ve tan puta, tan sensual…
Pero es hora de despedirla, se desnuda y deja la ropa en el piso, vuelve al baño, acomoda sus cosas y se sumerge, el agua está exquisita, acomoda la bolsa con hielo sobre su rostro y como cada noche revive la tarde vivida, es inconsciente, no puede evitarlo, sabe que se clavará puñales con ello, pero es más fuerte que ella.
Lágrimas de dolor ruedan por sus mejillas, las ve caer, solo las ve caer…
Pasa el tiempo, ella quiere detenerlo en ese instante, pero no se puede, sus pezones se erizan porque la temperatura del agua ha bajado, ya no sabe cuántos minutos pasaron…

Da por terminado el día, deja atrás la tina, se seca, va a su cuarto, hace calor, se perfuma antes de dormir, Emma cierra sus ojos, mañana seguro será un largo día…


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